En la comitiva del Air Force 1 iban dos generales del Pentágono, habilitados para deshacerse de Trump sin paracaídas si en el camino cambiaba de opinión. Les dijeron: “Vos te vas allá a rendirte”. Si en el camino decía “no, yo soy el emperador del mundo”, “empújenlo”, y listo, y fue un accidente.
Entonces, el Pentágono le puso límites a Trump. Cuando soñaba con apretar el botón rojo, le dieron una cajita de McDonald’s. Le dijeron: “Jugá con esto, pelotudo”.
En el mundo, la buena noticia es que un solo loco no puede desatar una guerra nuclear, porque los protocolos no acompañan a un solo loco al fin del mundo. Hay generales, funcionarios, ministros que renunciaron, secretarios de Estado que renunciaron, que aclararon que mentía, que era toda una mentira, que Irán nunca había sido un obstáculo ni un peligro para los Estados Unidos, que era un delirio. Generales echados en el medio de la guerra, entre comillas, una guerra unilateral del que se autopercibía el nuevo Adolfo Hitler.
Se quedó sin nada, sin generales, sin secretarios de Estado, sin ministros, nada. Hasta que le dijeron claramente: “Vas y te rendís”. Pero tiene que ser una rendición que no humille a los Estados Unidos de Norteamérica: “El único que se va a humillar sos vos”.
“Vos vas a ir y te vas a humillar adelante de Xi Jinping. Y que quede bien claro que el humillado sos vos y no los Estados Unidos de Norteamérica, ¿te quedó claro?”. Entonces, el ámbito en que se da esta reunión es el ideal para eso: para el último acto que baja el telón de Donald Trump.
Santiago Cúneo en 1+1=3.


