Francisco, el papa peronista, el que tenía claro antes de ser papa que había que ser peronista y que el peronismo era ni más ni menos que la doctrina social de la iglesia. Él pudo sintetizar las dos condiciones del buen peronista, las 20 verdades y los 10 mandamientos.
Y en ese acervo personal de íntimas convicciones, de picardía, de cintura política para administrar el Vaticano y sus intereses, la Argentina y sus miserias, se transformó en el primer papa que no pudo volver a su tierra, pidió ser enterrado en tierra, de manera humilde, con una simple lápida, que dice Francisco, lejos de la ostentación y lejos de todo tipo de prebendas del capitalismo, que son la tentación de Satanás, de las cuales él escapó indemne, llegó al final honrando en la muerte su forma de vida.
Pensó como vivió, actuó como pensó. Eso es Francisco. Y obviamente, el más grande de todos los argentinos, aún por arriba de San Martín, porque es el que logró ser el jefe espiritual de miles de millones de habitantes del mundo, trascendiendo y llevando a la Argentina a un estrado absolutamente superior.
Y sin embargo, fue calificado por el hijo de Satanás, sionista criminal, asesino, cómplice del genocida nazi de Netanyahu y el pedófilo degenerado de Donald Trump, que tenemos acá en la Casa de Gobierno, calificado como el representante de Lucifer en la tierra, dijo, el desviado mental que se dice presidente de la República Argentina. La Argentina llegó a faltarle el respeto hasta ese nivel. Al nivel presidencial se le faltó el respeto a Francisco.
También es cierto, porque la memoria no solo es un derecho, sino una obligación, que antes que Francisco se transformara en el papa de todos y era nada más que Bergoglio, nuestro querido cardenal, la basura de Verbitsky, otro inmundo servicio de inteligencia que entregó compañeros y trabajó para la CIA toda su vida, operó sobre Cristina para que Cristina tratara de que Bergoglio no fuera papa. Y entonces se hizo una fuerte operación en la cual se quería destacar la complicidad de Bergoglio con los genocidas del proceso militar. Obviamente, la historia está escrita y Francisco fue papa, a pesar de que el embajador en el Vaticano hacía los deberes para desprestigiar a Francisco frente a los purpurados que debían elegirlo papa.
Y la fumata blanca se dio igual. Y ni bien Bergoglio se transformó en Francisco, Cristina cruzó nadando el océano Atlántico para ir a besarle el anillo al que hacía dos horas había intentado acusar de colaboracionista del proceso militar. O sea, todos le faltaron el respeto a Bergoglio, absolutamente todos.
Sin embargo, la caridad inmensa de Francisco construyó ese Pancho papa que teníamos que la recibió con una sonrisa a Cristina, sabiendo todo lo que habían hecho. Y abrió y extendió los brazos a una reconciliación ecuménica, por lo menos de parte de él, que no dio tantos frutos al punto de venir a pisar su tierra nuevamente, cosa que no pasó. Ni con Cristina, ni con Macri, ni con Alberto, ni con el degenerado que tenemos ahora.
Francisco murió sin pisar su tierra nuevamente, fue enterrado lejos. Y no tenemos la esperanza que el pueblo argentino guardó con Rosas o San Martín. Él ya no va a volver, ni siquiera después de la muerte.
Lo tenemos en espíritu, lo tenemos como guía espiritual, lo tenemos como ejemplo de argentinidad, lo tenemos como faro en medio de la tormenta. Tenemos sus mensajes, pero él no volvió ni en la vida ni en la muerte a su tierra argentina. Somos todos los contemporáneos a él, culpables del pecado de su imposibilidad de volver.
Entre todos construimos el exilio de un papa argentino, hicimos que no pueda volver. Tal vez las imágenes del mundial del 2022 serían apenas una reunión de café frente a lo que hubiera sido la llegada de Francisco a la Argentina. Pero también es cierto que la llegada de Francisco a la Argentina hubiera sido un tsunami arrasador para toda la clase, y digo clase con desprecio, clase política argentina, no hubiera quedado nadie en pie.
Porque una sola palabra de Francisco condenando la usura, la miseria, el capitalismo, los egoísmos, las miserias personales, y hubiera arrasado desde Cristina hasta Milei, no hubiera quedado nadie vivo, nadie en pie.
Santiago Cúneo.


