El sol del 25 ya no viene asomando, se va despidiendo de un día más de conmemoración de la patria. Podríamos hablar horas del 25 de mayo y ponernos o no de acuerdo en el valor de la fecha. Pero hay algo que es indiscutible. Los argentinos necesitamos festejar patria. Y si es el 25 de mayo, el 17 de octubre, el 2 de abril… son fechas que la interpretación histórica hará su parte, pero hay que despertar fervor por la patria en cada una de ellas.
Aunque sepamos todos los que los revisionistas del orto tengan ganas de escribir para tratar de llenar su ego vacío de anonimato, tratando de ser disruptivos en el análisis de la historia. El rigor histórico nos lleva a festejar las fechas porque sí, porque se nos canta a las pelotas festejar la patria. Y si había pastelitos o paraguas, importa un choto.
Lo importante era terminar con el colonialismo cipayo y miserable de imperios, ladrones y saqueadores. Reyes del orto de España y reyes del orto de Inglaterra da igual. Esclavos de ninguna monarquía.
Nadie vino a civilizarnos. Nadie vino a compartir cultura. Vinieron a saquearnos.
Algunos con mejores modales, pero iguales resultados. Como dijo don José de San Martín, en pelotas pero libres. Y lo que hay que recordar en esta fecha es que el sable corvo del padre de la patria quedó en manos de Juan Manuel de Rosas y por más que se lo roben o lo secuestren, no le pertenece a los granaderos. Le pertenece y nos pertenece a los rosistas mazorqueros. Viva la patria en 25 de mayo. Viva la patria en 9 de julio.
Viva la patria en el 2 de abril. Viva la patria en la Navidad cristiana que enmarca nuestra doctrina de fe. Viva la patria el 17 de octubre. Viva la patria en el recuerdo de la revolución del parque. Viva la patria. Así que hoy no te vayas a dormir sin sentir el peso de la historia. Nunca fuimos vencidos en una guerra. Solo perdimos batallas. Y en esta guerra te aseguro que habrá lucha, batalla y victoria.
Fuerte abrazo en el corazón para todos los argentinos bien paridos. De esos que San Martín legó en las manos de Juan Manuel de Rosas.
Santiago Cúneo.


