Había una vez un niño que decía que era peronista. Ese niño creció y llegó a ser diputado por el Partido Justicialista por la lista 2 con la foto de Evita y de Perón. Ingresó al congreso, estaba Herminio Iglesias, entre otros, Cafiero, y él era diputado.
Fue presidente del bloque del Partido Justicialista, un joven e ilustrado Manzano. Ese niño Manzano que creció quería ser presidente y entonces se subió al balcón en Semana Santa para hablarle al pueblo argentino, mostrándose como una figura emblemática de la democracia moderna para conducir los destinos de la patria. Después que sucediera esto, terminó siendo ministro de Carlos Menem, un riojano príncipe de la aceituna que hizo un aeropuerto en Anillaco para que aterrizara un Boeing 747 para sacar aceitunas al mundo.
Y él, transformado en ministro de Carlos Saúl de Anillaco, fue víctima de un libro que sólo contaba robo para la corona. Salió corriendo de la Argentina con el rabo entre las piernas, a los costados dos cachetes de plástico porque se había hecho el culo antes de irse. Y cuando llegó a Miami fue recogido por dos cubanos que lo recogieron hasta darle un recogimiento que lo transformó en alguien que volviera a la Argentina, ya no como hombre de la política ni queriendo ser presidente de la patria, sino siendo un miserable ruín y asqueroso servil de la infame élite económica que venía a saquear la Argentina que él había querido conducir como presidente.
Es que aquí, que el niño Manzano, se terminó transformando en el sorete que es hoy, una basura antipatria que lo único que hace es esquilar los recursos de la Argentina para el grupo económico al que pertenece, que tiene terminal en Tel Aviv. Vive en Suiza e incendió un yate para cobrar 100 millones de euros del seguro. El niño Manzano, a su vez, tiene medios de comunicación en la Argentina y es uno de la mesa chica de los chorros, delincuentes, estafadores de los Milei, que, entre otras cosas, la vendedora de torta como estafadora del Andis del 3% y su hermano, el estafador de Libra, lo tienen como asesor cercano del sionismo internacional al que dicen pertenecer para saquear la Argentina a través de negocios espurios que le dejen el 3% de mínimo.
Y esto, contado así con una narrativa que no puede explicar cómo se puede pasar de ser peronista a ser sionista, es la historia de José Luis Manzano, el niño que figura en el teléfono de Epstein.


