Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), elaborado en base a una encuesta a 1.171 trabajadores asalariados formales, pone en números una realidad que muchos viven a diario: el 83,5% de la fuerza laboral enfrenta algún tipo de vulnerabilidad alimentaria durante su jornada. Solo el 16,5% está libre de privaciones.
Los datos son contundentes. El 61,1% de los asalariados admite haberse salteado alguna comida por falta de recursos, y el 78,5% tuvo que optar por alimentos más baratos y menos nutritivos. La situación es especialmente crítica entre los más jóvenes: el 70,7% de los trabajadores de entre 18 y 29 años omite comidas, presionado por los salarios iniciales más bajos. Almorzar en el trabajo tampoco es barato: el 43,9% gasta entre $5.001 y $10.000 diarios, y un 20% supera ese umbral.
Frente a este panorama, la demanda es clara: el 80,4% de los asalariados quiere que su empleador contribuya con un aporte para la alimentación. El reclamo es casi unánime entre los trabajadores de la construcción (90,1%), los jóvenes (84,9%) y quienes ya sufren las dos formas de vulnerabilidad a la vez (91,5%). El informe concluye que la alimentación laboral dejó de ser un beneficio opcional para convertirse en un nudo crítico que vincula economía, salud y equidad.


