El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció este lunes la suspensión temporal de algunas sanciones petroleras con el objetivo declarado de estabilizar los precios internacionales del crudo. La decisión, comunicada durante una rueda de prensa en Doral, Florida, expone una contradicción difícil de disimular: es la propia ofensiva militar que Trump ordenó contra Irán la que disparó el precio del barril de petróleo casi un 30% en poco más de una semana.
“Vamos a quitar esas sanciones hasta que esto se arregle”, afirmó el mandatario ante los periodistas, en una frase que resume con claridad la lógica de su gestión: generar la crisis y luego presentarse como el responsable de resolverla. Trump describió la medida como una herramienta para “reducir los precios y garantizar el flujo de crudo a través de zonas estratégicas como el Golfo“, sin hacer referencia alguna a que fue el inicio de los bombardeos el factor que desestabilizó el mercado energético global.
El impacto de la guerra que Washington co-lidera junto a Israel no se limita a Medio Oriente. Las economías de Asia Oriental, que dependen en gran medida de las importaciones de crudo provenientes de la región, ya sienten el golpe en sus cadenas de suministro energético. La escalada militar tiene consecuencias directas sobre los mercados globales, y son los consumidores de todo el mundo los que pagan las consecuencias.
La improvisación de la administración Trump en materia energética no es un hecho aislado. La semana pasada, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, había anticipado que el gobierno evaluaba retirar sanciones al crudo ruso para mejorar la oferta global, una señal de que Washington no tenía —ni tiene— un plan energético claro para el escenario de posguerra que sus propias decisiones militares generaron. En paralelo, el Departamento del Tesoro autorizó a la India a negociar durante 30 días cargamentos de petróleo ruso varados en el mar, otra medida de emergencia que refleja la magnitud del desorden creado.


