Por Santiago Cúneo.
Hay que ser forro en la vida para ser de la bolsa de papa que sos. José Luis Chilavert, este cachivache impresentable que vino a chorear a la Argentina y obtuvo acá sus mayores logros deportivos y económicos. Después volvió a Paraguay y quiso convencer a los paraguayos de que era un ídolo de la selección, cuando no pasó en la reputa vida una primera ronda. Era un héroe raro, un héroe que no ganaba ningún partido, una cagada.
Les quiso vender que los triunfos en Vélez eran paraguayos, porque otra cosa no ganó en su puta vida a nivel selección. Se la pasó dos años rompiendo los huevos, hablando pelotudeces del técnico y tirándole mala onda al arquero que ayer atajó dos penales. Mientras todos los jugadores le decían al técnico “suerte, amigo, cuenten con nosotros“, el único hijo de puta que tiraba veneno era este gordo sorete libertario. Un Mileíto paraguayo, viste.
¿Y qué pasó ayer? Ayer este forro se cavó una fosa de 50 metros bajo tierra de la cual no va a salir nunca más. Un grupo de pibes aguantó abajo de los tres palos y a Alemania se le fue como una tromba. La misma Alemania que nos hizo dos goles en el 86 en México. Esa Alemania ayer no pudo con Paraguay.
Cuando el arquero atajó el segundo penal, Chilavert ya sabía que nacía un ídolo del arco que no era él. Y que se moría él. Ayer fue el sepelio de Chilavert. Por fin se murió este hijo de puta en el fútbol paraguayo: no puede hablar más, tiene que cerrar el orto.
El fútbol sudamericano mandó a casa a otro europeo, que se vuelve en barco para Europa. Y Paraguay se sumó a los grandes. Una maravilla.


