Antonio Tarragó Ros repasó con Ale Rubio, en Íntimamente, su infancia y su relación con la fe. Criado por abuelos anarquistas y ateos, quedó solo a los nueve años cuando ellos murieron y terminó viviendo en un campo, “sin alpargatas, sin nada”.
Allí encontró refugio en los caballos: “El único gesto de amor que yo recibí en ese momento” fue cuando iba al corral y los animales lo reconocían. “Mirá cómo me cuidó Dios, me puso al lado de los caballos”, se emocionó.
Sobre la fe, citó a Atahualpa Yupanqui: “Yo no soy creyente, soy dudante”.
Contó que empezó a creer a través de los sueños, en los que aparecían sus abuelos “como que estaban vivos”. “El sueño se parece mucho a ese lugar mágico, sagrado, donde hay magia, no truco”, reflexionó.


